martes, 6 de julio de 2010

No me compres una olla a presión cuando sea grande: los susurros femeninos en los blogs en la democracia del simulacro de internet

http://es.globalvoicesonline.org/2010/06/29/festival-de-blogs-colombia-la-mujer-en-la-red/



Ayer fui a ver Eclipse, ésta evolución de los cuentos de hadas para adolescentes, donde la gente sigue proclamando lo antinatural de la monogamia eterna y las mujeres con sobrepeso de 13 kilos , no son aptas para conseguir la mirada penetrante de un apuesto hombre lobo o el corazón apasionado de un flemático y bello vampiro …o vampira. En fin, después de 23 años, de pedir ser la bruja en los juegos de te de mi infancia en colegio femenino y dictar la clase de género por tres años, quedo con la impresión que las mujeres siguen siendo prefabricadas con las tecnologías del discurso, que lo único que cambia son las maneras de contar las historias de amor que no son más en muchas ocasiones que dispositivos de control y maneras de dar a cada quien su rol en la cotidianidad. Maneras de definir quién es el que espera o el que habla, quien es el que actúa y el que pide como la víctima, ser rescatado o rescatada.

En pocas palabras, la exclusión de todos aquellos que no son bellos, ni adolescentes, ni especiales para otorgarles el silencio de lo innombrado dentro de los discursos de lo ideal. Pero ¿Qué hay en ese silencio?¿acaso los hombres y mujeres que no son especiales, ni freaks particulares tienen alguna oportunidad en éste lugar donde todos en nombre del simulacro son bellos y saludables?. Para los optimistas, la respuesta sería obvia: ¡claro que si.! El mundo del internet, es un lugar abierto y democrático, ideal para fragmentar la manera de crear el discurso, no hegemónico, multicéntrico, abierto siempre a todo aquello que por siglos desde el dominio de la modernidad, no dio cabida a todo aquello no falocéntrico, masculino y viril, si por ello entendemos la construcción de lo canónico, lo verdadero y lo bello.

Esa búsqueda casi obsesa como quien se limpia las uñas hasta el cansancio de lo sublime que el romanticismo dejó y que los anteojos de la época moderna instauraron hasta más no poder en la divinidad del texto escrito que tanto amamos recitar en las universidades, es lo que supuestamente el internet pondría (para los que creen que todos los días son azules al son del Lilly Allen y no hay que comer carbohidratos por las noches) en entredicho. Así que en ese orden de ideas, lo femenino, o mejor, lo no falocentrico tendría una gran ventaja, en éste territorio de caída del dios de Descartes y los discursos no institucionales tendrían una mayor cabida. Pero si eso es así y el mundo del discurso es abierto como el campo verde de lo indy ¿Por qué sigo viendo en Sony entretainment los caballeros las prefieren brutas o me siguen llegando correos en cadena de bromas con siliconas talla 38 o los extremos de la belleza de las mujeres como una frágil flor que todos los días debes cuidar?.Algo no está bien, y lo que creo que no funciona no es el asunto de que cada vez más hay nuevos espacios para la expresión libre, como es el caso de los blogs o los perfiles, sino por decirlo de alguna manera los códigos de lectura y los mecanismos en que se construye lo que debe ser leído y todo aquello que es basura. Si, es cierto, que cada vez es más frecuente encontrar mujeres en la red, pero alguno de ustedes me puede decir ¿Cuántas mujeres frecuenta leer? Sé que las que más leen hablan de sexo , sexualidad o demás simulacros, sólo vean los blogs de los periódicos, o mis congéneres de 22 años que creen que lo más Cool es Andy Warhol o ser bisexual, o simplemente pensar llegar a los 30 como Barbie exitosa con suficiente tiempo para el gimnasio, claro sin contar, los blogs de amor y desamor, que siempre arrancan más de una palabra en la soledad y más en éste simulacro de esconder secretos en lugares públicos como es un blog.

Pero la estructura sigue intacta, todos y todas aquellas marginadas de lo falocéntrico, que no viven para ser Bella Swan o Jacob, dama y caballero al rescate, continúan sin espacios para ser leídos y al menos escuchados como voces válidas con algo que decir más allá de la cotidianidad y el cansancio del simulacro en una sociedad donde el secreto ha pasado de moda y lo más importante es ser visto. En ese último aspecto si me preguntan acerca de las mujeres, si hemos encontrado una nueva tecnología, otro dispositivo para dejar el miriñaque de la tradición, creo honestamente que no, que todo lo contrario, quizá hemos encontrado por medio de la simulación otra manera de escondernos, de hablar como siempre con susurros en la web y dejar en el mundo donde todos son saludables y populares en internet, nuestra frustración por no ser Rachel Maddow o Lady Gaga, o cualquiera de éstas presentadoras de canal de televisión, con las que las madres promedio colombianas sueñan como modelo para sus hijas de tal manera que cuando sean mayores puedan aún sin vampiro pero sí con promesa de matrimonio eterno sin capitulaciones, ser felices para siempre, para recibir cuando cumplan 40 de día de la madre una olla a presión.

No me quejo de internet, creo que la mayor parte de mi tiempo estoy conectada, pero creo que el asunto no es solo el espacio abierto de lo otro, es también, pensar como esos otros que no están en la vitrina de la buena simulación, son válidos como lecturas posibles más allá de lo freak o lo especial, en que irónicamente lo común- los treces kilos de sobrepeso, el hombre que no supera los 1.70, la mujer que pelea todos los días con su armario- puede ser un lugar seductor en estás épocas de tantos disfraces y exceso de representación.

Mientras empaco mis cajas: mi madre


El Pasado. Habitualmente vivo mis días con la idea de que los muertos están muertos y el territorio de la ausencia no es un lugar propicio para el presente. Eso en cierta forma se lo dejo a Juan Rulfo. Más sin embargo, ahora que empaco mis maletas – la semana anterior embalé la historia institucional de mi cuerpo en el resumen clínico – descubro que algunos muertos nos tocan la cara y nos dejan con el frio de la impotencia en el momento de la partida. En ese sentido me refiero a mi madre. Por 17 años he vivido con la idea de que extrañar un muerto es perder el tiempo de la vida. Así, con rabia y algo de soberbia me las he arreglado para tomar mis decisiones y seguir adelante, siempre con la premisa de que el pasado no ofrece nada para mi.
Ahora, a seis semanas de dejar el país, siento que extraño a mi madre, que la rabia no llena los espacios para un hasta luego o la promesa del regreso por aquello que se queda aquí y no puede ir a ningún lugar. Estoy en ese momento en que creo que mis alegatos a mi tradición- que es casi lo mismo que pelear con Dios para una atea recientemente convertida al agnosticismo- no van a llenar éste espacio vacío en las entrañas.

Creo que después de tantos años de vivir como huérfana, lo único que me quedo de ella es la idea, la vaga sensación de que no todas las noches, ni todos los refriados fueron solitarios. Ya ni siquiera recuerdo su olor. Tengo sombras vagas de su sonrisa y sus ojos pardos, pero ni siquiera con el lenguaje puedo decir como sonaban sus palabras. Mentalmente puedo decir que extraño su tibieza, la leche caliente por las noches mientras terminaba mis tareas, la idea de que siempre hay un puerto de partida y de llegada, no importa cuántas veces se caiga. Pero ahora después de múltiples caídas y saberse tan lejos de lo que alguna vez se señalo para mi vida, ella es ahora como en mi boca el hueco de las cuatro cordales que me extrajeron hace pocos días: sé que no las necesito para morder nada, pero cada vez que paso mi lengua, el hueco está ahí y la molestia se siente hasta que me acostumbre a su falta. Quizá la diferencia es que hay heridas que sanan más prontamente y no se abren , otras como la legendaria herida que el mismo Rey Arturo se propinó, nunca sanan y duelen probablemente hasta el fin de la existencia.


Hoy, a seis semanas de dejar mi casa probablemente para siempre, cuanto quisiera unas palabras que me dieran animo y tiernamente me dolieran por abandonar la plenitud del útero. Más es una ausencia la que me pare y es mi trabajo ahora buscar presencias para construir el presente y el futuro, para tener sentido más allá de las orfandades del que parte sin dejar su madre, o el que abandona a sus amigos, que, como bien sostiene el poeta Jattin son nuestro batallón de ángeles guardianes. Lo único presente a veces para quien decide dejar su pasado.

miércoles, 14 de abril de 2010

Lo que se está llevando la lluvia antes de irme: Literatura colombiana y otras malas enunciaciones


De los días lluviosos donde escribir se hace imperativo para continuar con el día: Por lo pronto hay muchas cosas que hacer como por ejemplo, calificar parciales, preparar clase e ir a traducir papeles, sin contar que hay que ir a solicitar lo más pronto posible el pin para solicitar la visa. Esto es la línea de la rutina. Más sin embargo, en la cotidianidad de ésta ciudad donde nunca se ve el sol me reconozco cansada y decepcionada de personas pero en general de historias que solía tener como sagradas. Para empezar tenemos a la literatura. Paso por un periodo de aridez total, no escribo ni siquiera una coma, después de pugnas de años frente a la tendencia al intimismo que me invade en mi proyecto de escritura, ahora ni siquiera enuncio y no sé que sería aquello que podría desligarme de mi experiencia solipsísta frente a la escritura no como forma de desahogo sino como arte en capacidad de hablar entre la primera persona y el universo. Mi intuición me dice que debo buscar un instrumento preciso en capacidad de ser sensible pero al mismo tiempo elocuente. Tocar pero al mismo tiempo crear. ¿Hasta qué punto esto me está llevando más al camino del ensayo y la crítica? , no lo sé. La otra cosa es que puedo contar, cuál es mi caja de herramientas.
Hablando de otras cosas, ayer en uno de esos días tan propios de Bogotá cuando la lluvia se pega a los jeans y sientes todo absolutamente frio, acepté ir a una tertulia. Creo que hubiese hecho más en mi casa debajo de mis cobijas o sintiendo pasar por intravenosa Marcel Proust –si, esa lectura que un versado en literatura debe hacer alguna vez en su vida, aunque estoy llegando a pensar que como todo lo obligatorio es una lata con polenta, pero bueno, ese es mi punto de vista-. El balance, no fue pésimo sino letal. Por un lado un hombrecito con bigote del Zorro, con tenis verde militar de mala calidad y pantalón de sudadera gris, leyó un cuento suyo de “novela negra”, espantoso simplemente, haciendo honor a la porno miseria de éste país de busetas, balas y una mala selección de futbol. Un manejo del lenguaje absolutamente pobre con nombres que honran los culebrones mexicanos o venezolanos. Lo que más me duele, es pensar es que esa basura la que brilla en los anaqueles de las librerías colombianas. Recordé el dicho de un compañero ahora editor de una importante revista: desconfía de una persona que vista mal y se ufane de escribir bien, pues el gusto es una característica necesaria para quien se dedica al arte. Pero no vayamos lejos, pensé que la poesía podía salvar la tanda. Aquí, los pocos que bien podrían redimir la tanda, hablan de trenes y nieve en éste moridero del tercer mundo. No superamos el anacronismo del poeta Valencia que alguna vez hizo un poema acerca de los camellos sin haber visto alguno en su vida.
Eso sí que me dejó mal parada y bastante decepcionada además. Me gustaría pensar que me voy con una caja de cosas hermosas y que la creación en mi país abre un panorama a la reflexión y a la pregunta de quienes somos, no cómo vástagos de la tradición eurocentrista, sino como interlocutores que no necesitan del exotismo -antes de la papaya y la guacamaya del realismo mágico y ahora de las balas y los sicarios- para abrirse un lugar válido en la enunciación del discurso del mundo. Así que siento que me voy un poco triste, hasta decepcionada de mis antiguos mitos, como si todas las palabras en las que creí aquí se deslieran como un papelito que se lleva la lluvia por las calles de dios sabe quién.

jueves, 30 de julio de 2009

Caminar: el placer del recorrido sin tiempo limite



Caminar es ante todo un ejercicio espiritual. Asumirse en medio de la acera sin rumbo fijo o destino determinado, es darse a la tarea de avanzar sin la necesidad de excusarnos en el otro o su falta. El temor a caminar solos es comprender que nadie ni nada nos espera si no lo deseamos, que no hay mayor dolor y a la vez mayor regocijo que pertenecerse aunque sea por unos instantes, recordando que no hay mayor peso que la libertad y la responsabilidad intrínseca que poseemos sobre nuestros pasos. Caminar es entregarse al tiempo –tomando el tiempo como movimiento- y al silencio, al difícil oficio de afrontarse en medio de la soledad del caminante. Debe ser por eso que algunos nunca se atreven a caminar solos aunque sea unos minutos. Nos han entregado bajo el pretexto del recorrido seguro con un lugar de partida y uno de llegada, el engaño de que la certeza es un bien, cuando a fin de cuentas es una manera de condenarnos para vivir siempre temerosos intentando conservar algo que en verdad no nos pertenece. Nos entregan la promesa de controlar el tiempo cuando la arena que nos ha sido confiada engañosamente se desvanece en nuestras angustiosas manos. Como si el agua se pudiese contener.

Nos han entregado la angustia de estar vivos, de medir y tazar el movimiento cuando llanamente pertenecemos a él. Como si pudiésemos calcular cada calle, cada paso, cada destino, cuando en verdad lo único certero es la muerte, lo ineludible...el recorrido que nunca podremos calcular o conocer, simplemente por que está entre nosotros. La única manera de calcular el recorrido sinceramente es suicidarse. El más desesperado de todos los intentos por ser inmortal, o sea, predecible.

Cuando se camina sin ninguna pretensión por llegar o abordar, terminas por descubrir que en cada caminante hay un viajero innato, alguien urgido por conocer todas esas tierras necesarias a las que no se puede llegar por medio de la palabra o con el otro, donde la única premisa necesaria para amar es extrañar, donde el silencio es el único y real espacio para estar.

En ocasiones los que nos quieren, creen que el mejor camino debe estar enmarcado entre pequeños puntos para ritual con pasos ya establecidos entre inicio y llegada para un pronto y sano regreso que nos garantice la seguridad de sentirnos queridos y protegidos, cuando en el fondo lo único que nos otorgan es el gran temor de perdernos entre su confianza, de seguir mal los pasos y no encontrarlos. Nos dan la condena de hacer lo imposible para no perderlos, cuando en el fondo somos nosotros quienes nos perdemos en nuestra angustia por tenerlos siempre, caminando concéntricamente hasta caer exhaustos en el suelo sin sentido.

Los rituales no se construyen desde agotadoras presencias. Para gozar hay que extrañar, hay que dar espacio para que el viajante tome rumbo a otras tierras y sepa el valor de su patria o de su pertenencia. Lo duradero y calculado nunca ha sido sello para la dicha. A quien camina debe dársele el derecho de reconocer con su corazón el lugar de su pertenencia curiosamente siempre razón del recorrido. Pues para que viajar si no tienes a donde regresar, si no hay alguien a quien puedas colmar con relatos y obsequios que sólo tienen sentido cuando se te otorga el privilegio de amar y abrazar. Necesitas alguien que te pueda esperar aún con toda tu soledad y esa necesidad siempre presente de recorrer otras tierras para colmar al otro con el mundo que pudiste aprehender.

Todo caminante es un viajero con un punto cada vez más anhelado de regreso, si fuese de manera contraría sería un errante, alguien condenado o un convicto que necesita huir en la mayoría de las ocasiones de sí. Caminar sólo necesita la condición de verse a sí mismo, de escucharse e irónicamente desde el movimiento, permitirse la condición de pertenecer a otros más allá de la evasión o el miedo. Consumirse en la fugacidad del trayecto eso es todo, como suele ser la vida sin medida alguna.

martes, 19 de mayo de 2009

Con los ojos cerrados




“…hay en todos los seres humanos una secreta, personal vida –intocada, protegida-arrancada a la vida en común y de la cual la vida pública es enemiga…”
Cecil Collins

No, tú no te encierras – no nos encerramos- lo que sucede es que estamos ávidos por ser reales en un mundo que en apariencia no lo es, y lo peor de todo, que en ocasiones nos pide que tampoco nosotros lo seamos.
No es que queramos cerrar los ojos ante la realidad que nos circunda, todo lo contrario, es que con los ojos cerrados en la mitad de la supuesta oscuridad todo se ve mejor. Por dentro se es más cercano a la transparencia de las cosas. Por eso es que se confía se besa y se abraza con los ojos cerrados.

viernes, 9 de mayo de 2008

El escritor sin rostro

La famosa y celebre presión de la hoja en blanco. Como es habitual, después de meses de ni siguiera intentarlo, me pregunto qué me puedo decir. Es relativamente fácil para quien está afuera dar instrucciones de cómo hacerlo o que contar (el oficio del escritor es…, las grandes obras están en la corrección… escribir consiste en, etc). Por el momento me limito a decir que hace frio o que hay una paloma a mi lado, que el café que me acabo de tomar está delicioso, mientras escucho charlas, todas difusas, de los estudiantes probables que están a mi lado.

Mi padre, a quien a veces odio, a veces quiero, me dice que en este lapso como docente universitaria, he adquirido herramientas para aprender a escribir. La pregunta que sigue, es acerca de qué voy a escribir y su vez la interrogante por el tiempo en el que pueda de manera directa afirmarme como escritora antes que el agotamiento y la tristeza- pan de cada día en los medios de literatura- terminen tomando su lugar como en infinidad de vidas e historias, donde la escritura queda relegada a ser un “lindo” recuerdo o el sueño fallido de juventud a raíz del agotamiento o el fracaso frente a la tarea de identificación social como escritor.
He afirmado durante años que escribir es un acto de terquedad, no obstante, considero que más que terquedad la escritura puede perfilarse en ocasiones como una vocación hacía lo inútil ¿Por qué lo digo? Aparte de la vieja sentencia de Kant del arte y su belleza desde su poca utilidad, la literatura en relación con la productividad y la identidad social, es una tarea problemática, pues para aquel que la carga puede ser en comparación a un entorno donde todos son lo que muestran o el dinero que llevan desde su oficio, una propensión a no tener rostro propio. La carencia de identidad, de no poder ser explicado frente al mundo desde un producto, es la tortura a la que se encuentran supeditados miles de escritores que no hayan la manera de ser y de hacer parte de manera armoniosa del mundo. Para muchos escribir es decir, pero quizá lo que menos se enuncia es que en muchas ocasiones el acto de escribir es también callar y es precisamente en ese silencio donde la tarea se vuelve problemática y difícil de asumir, más, cuando nos referimos a un oficio desde la utilidad social.

Ser escritor tradicionalmente, más en el caso de las sociedades latinoamericanas, se haya directamente relacionado con el estatus y la visibilidad social, en tanto, esta función le es conferida a quienes aparecen en la prensa o las revistas, pero ¿Qué sucede con aquellos que siguen de una manera u otra la vocación pero ya sea por su edad o la falta de ubicación, no son publicados o visibilizados de la manera tradicional? Desde ésta última posición, pues es de aquella de la cuál puedo dar fe, la escritura puede verse como una esperanza –exorcizar la vida intima en un papel para continuar - o un pacto hacia la muerte social, mas cuando las salidas frente al gran público se ven lejanas y el escribir es un imperativo que continua gobernando la vida aun cuando nadie te lee.

Y es precisamente este último asunto que como escritora no comercial, sin rostro aparente, me sorprende más todavía y es cómo todos aquellos que escriben y en cierta forma los hermana la esperanza de ser parte alguna vez del diálogo con los lectores, en Colombia no se leen entre ellos, sabiendo que en cierta forma la opción de escribir es entablar un diálogo con ese otro que está fuera de los límites de la identidad personal. Paradójicamente creo que la poca fe que se tiene en la voz propia o el temor a que ese otro extraño niegue el esfuerzo de la creación personal, es lo que nos empuja a negar al otro que escribe, acallando el temor de ser juzgados como seres vacíos frente a un mundo lleno de significados que nadie atiende de forma total. Me preocupa, como escritora y lectora, la imposibilidad latente en el medio de los amantes y amados por la literatura en nuestro país de crear redes humanas en las cuales la identidad colectiva como escritores sea una afirmación sin dobleces a partir del acto de la lectura y escucha del otro, aún más allá del canon, las recomendaciones bibliográficas o el monopolio de las grandes editoriales.

Estoy convencida que la única forma de permitir y permitirse la existencia como creadores y lectores es romper el silencio y el tabú de la desconfianza frente a todo aquel que no soy yo, como remedio a esta particular forma de impunidad en los medio no comerciales de la literatura, donde el rostro del que escribe parece no ser algo real en un espacio donde todos quieren ser leídos y reconocidos como almas que tienen algo que decir, más sin embargo, pecan por no tener ojos para el otro que quiere ser leído, dando como resultado un medio en incapacidad para conectarse con el mundo y dar un rostro a los que están en él.

Finalmente la inutilidad social a la que se refería el filósofo alemán, es solo una cuestión de época y la literatura aunque no sea para las galas mediáticas, tiene un rostro y una sed de identidad sólo posible desde la conciencia colectiva respecto al significado de la escritura como tarea y estilo de vida, o, parafraseando a Heidergger, como puesta por obra de la verdad de un tiempo histórico, que abarca no sólo a aquel con mayor visibilidad social sino a todos los que anhelan ese encuentro fortuito entre el que llega cazando parte de sus fantasmas y su vida en un texto como bien puede ser el lector y aquel que consigna sus certezas y preguntas en unas líneas como es el caso del escritor.

Así, que aparte de la tarea de preguntarse acerca de que se va escribir, la literatura a fin de cuentas es una apuesta por adquirir un rostro marcado por un tiempo y ante todo una colectividad en capacidad de reconocer las fortalezas y falencias de todos aquellos que pugnan por un algo que decir que se considera valioso, pero ante todo por la acción y el convencimiento de un determinado grupo humano que anhela signar su existencia a nivel social desde la palabra.
Ahora mientras espero que el agua amaine, me quedo con la pregunta acerca de la escritura y si en verdad el quehacer académico no es una tangente sino una herramienta de ayuda para la literatura, mientras intento ganarme la vida con lo que mejor sé hacer y es utilizar la palabra y sus derivados. Sé que hay otras obligaciones, sé que la vida transcurre y los deberes son directamente proporcionales a la edad. Aunque antes de abandonar éste Juan Valdez, me pregunto frente a la biblioteca, cuantos como yo, con sus trajes de estudiantes, el maletín de cuero cargado de parciales y libros hasta el cansancio, abrigan la esperanza de ser publicados u oídos alguna vez, pero ante todo de ser vistos y reconocidos por los otros sin que necesariamente sean alabados por la crítica o los eruditos de la literatura como seres humanos con algo que pide ser leído, para bien o para mal, por el otro que esta fuera de la esfera de nuestra subjetividad: simplemente escritores con una identidad, un nombre, un rostro.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Miércoles 15 de enero: algunas preguntas en el diván de la psicoanalista

__…En el sueño de hoy está la imagen de los libros, de un cuarto oscuro donde la niña se refugiaba, según lo que dice aquí, en medio del olor del papel amarillo y los lomos de cuero… cuéntame acerca de la infancia y esa relación con los libros, con la literatura en general en tu vida… por favor quítate los anteojos, suelta las piernas y cierra los ojos…

__Bueno, mi relación respecto a la literatura es absolutamente al revés. Los libros en mi vida han sido como la línea del destino: me han cruzado la mano de un estribo al otro sin la posibilidad de decir que empecé a tal edad o tal otra. Siempre estuve rodeada de libros, mi contacto con la literatura se remonta a los primeros años de la infancia. Creo que primero aprendí a identificar los libros por su olor y textura, que a jugar a las escondidas o a la “lleva”. Digo que es una relación al revés porque terminé metida entre Homero, Heródoto, la poesía del siglo de oro español y los rusos –lecturas de “gente grande”- desde muy niña, guiada por la curiosidad, ya que como hija única alérgica a casi todo, los libros fueron mis amigos y mis primero cómplices y en nombre del aburrimiento me imbuí en ellos sin saber en qué me metía. Debo confesar que conocí la literatura para “adultos” porque no había nada que hacer antes de la serie José Miel que daban a las cinco de la tarde en el canal 7, aparte de escuchar con mi empleada la radionovela Calimán…

__Pero has mencionado que al revés ¿Por qué? ¿De dónde sale esa expresión?

__Ah… por que terminé leyendo y descubriendo cosas aparentemente fuera de su tiempo. Los libros y en especial la literatura son como la vida: sólo estamos preparados para nombrar y asumir ciertas palabras en cierto tiempo, en cierto espacio, y, aunque haya otros que nos las repitan y nos la entreguen hasta el cansancio, sólo podemos comprender su sentido hasta que el instante justo de la experiencia nos la revela. En mi caso, conocí primero las palabras y después su contenido por los giros de la vida. Así como en la infancia leía los llamados “clásicos”, en la pubertad me embelesé con los filósofos existencialistas- al punto que me declaré atea a los once, ahora me rió pues estoy convencida que si hay un Dios- y aunque no me creas conocí la literatura fantástica y parte del legado de la literatura infantil en la adolescencia, sin contar lo que descubrí en la universidad. Es gracioso, si no hubiera sido por ese recorrido, la literatura no me hubiese salvado la vida, no me hubiese entregado el sentido suficiente para continuar cuando aparentemente no había esperanza. Las palabras que no comprendí cuando niña, en la adolescencia, periodo tórrido por la muerte de mi madre, me concedieron la posibilidad de estar viva y comprender que cuando nos sujetamos a ellas, así como pueden llegar a ser cuchillos, tienen el poder de ser un abrazo, un beso y hasta un lazo para llegar al otro y sentir con él. Esa es la razón de mi primera incursión con la palabra lejos de mí para llegar a los otros –por decirlo de alguna manera- en el colegio.

__¿Qué fue lo que sucedió en el colegio? ¿Por qué dices con orgullo –lo detecto en tu voz- que fue tu primera incursión? ¿Qué fue lo que sucedió?


__Para ese entonces- debería tener unos trece años- era una típica niña problema que lo único que sabía hacer era dibujar, escuchar música y leer. Los profesores al ver que me gustaban los libros, me entusiasmaron para que escribiera no sólo diarios- manía propia de mi introversión- sino poesía. Empecé y me gusto la idea, pues, así podía canalizar, exteriorizar lo que sentía sin problemas y agresividad hacía los demás. A los catorce, empecé con los concursos de poesía intercolegiados y los recitales, encontrando en la escritura una manera de hablar con los demás y en cierta forma de conocer lo que sentían otras personas por medio de la literatura. Me gustó tanto la idea que con el apoyo de la profesora de castellano ya en noveno, funde el grupo de poesía del colegio: Polimnia. Aunque al principio la idea sonaba descabellada, ya que los versos en apariencia no convocan a nadie, con el pasar del tiempo el grupo congregó a cientos de niñas tanto de primaria como de bachillerato, que encontraban en la literatura otra forma de expresar la inconformidad ante el molde de las mujeres “perfectas e integrales”, un espacio donde aunque sea en lo que se leía o se escribía, había una posibilidad de ser “persona” sin estereotipos o marcas del deber casi obligatorio de ser mujer como superficialidad o sensibilidad enfocada a la pareja o el futuro proyecto de hogar ja-ja –ja. Creo que yo también le debo la opción de haber escogido otra vida, de plantearme una manera otra de ser mujer sin la necesidad de marcar el formulario de las “exigencias sociales” a la literatura…

__Aquí, hay algo que no comprendo –tu me corregirás- si sabías que lo que te hacía “libre” era la literatura, como opción de vida, ¿cómo fue eso de estudiar ciencia política en la Nacional? ¿Cómo conciliaste con la literatura aún tomando el camino de la politología?

__ No es tan fácil decirse en la cara que tu pasión te puede matar de hambre- cuando uno sale del colegio sale con más incertidumbres que certezas y en ese estado debe decidir para donde va a coger- así que presa algo del pánico, pero por otra parte con la promesa de cumplir mi sueño de escribir, me fui a la universidad Nacional, la cual consideraba como el portal de las artes en el país. Sabía que allá podía estudia la carrera y por debajo de cuerdas tomar asignaturas de la carrera de literatura o las electivas de artes. Y así lo hice por dos o tres años, hasta que sentí que debía tomar una decisión entre el vestir de traje y estar detrás del político de turno o realmente tomar la escritura como un camino de vida. En medio del “shock”, me retiré un año y en Cali publique mi primer libro de poemas: Laberíntica. Por cosas del destino termine lanzándolo en la 13° feria del libro de Bogotá y gracias a él tuve mi primer contacto con la crítica. Debo confesar que no fue fácil, especialmente cuando vi en los medios impresos la opinión de los otros con respecto a lo que sentía y era. Entender que eso que publiqué ya no era mío sino de los que me leían fue difícil. Comprender que en cierta forma tenía otro rostro que hacía aparición en los recitales o las lecturas formales cuando respondía las preguntas del público no un fue asunto agradable, hasta el punto que tuve en ese periodo una alta propensión al aislamiento, sin contar la angustia de pensar en el ojo de los críticos, en el terror de la desaprobación, que persiguió los cinco años de elaboración del segundo libro comprometido por la alta oportunidad que me dio el departamento de literatura de la universidad para publicar en su colección de viernes de poesía el Panóptico(pabellón para tercos y fantasmas) en el 2005.
De ahí entendí que aparte de ser una pasión, la literatura es el ejercicio obstinado de la perseverancia en contra del miedo de la desaprobación; un oficio, en tanto, la sumatoria del trabajo y la paciencia, esta última difícil de comprender especialmente cuando se siente que no hay nada que escribir, o peor aún, que lo que está escrito en borradores te puede más, aún sobre el tiempo y la voluntad.

__Actualmente, ya visto con los ojos de hoy ¿Cuál es tu relación con la literatura? ¿Qué pasó con la niña del cuarto lleno de libros?

__Mucho más reconciliada. Por decirlo así “arreglé” mi camino. Después de la ciencia política me fui a hacer maestría en literatura en la javeriana- donde soy actualmente docente- y tuve la oportunidad de graduarme con tesis laureada y grado Magna Cum Laude. Ahora no peleo tanto con la literatura, amo lo que hago y aspiro a poder llevar mi pasión hasta los bordes del proyecto de vida. No creo que se escriba para morir, tal como la tradición del simbolismo y el romanticismo tardío reza, sino para vivir- esa es la única rebelión que nos queda- especialmente en Colombia, donde la dignidad de la vida, no parecen estar de moda. La escritura no puede ser una excusa para negarse a la vida, sino una manera de mirar y sentir con los hombres y mujeres que nos rodean. Ahora me demoro más, especialmente ahora que me dio por la narrativa, pero siento que debo permitir que el tiempo de las cosas llegue, para hacer de los textos no una razón para el encierro sino una clave para ser parte del mundo y aunque suene metafísico, del universo. Creo que la niña de los libros sigue ahí, pero la diferencia es que ya no lee o escribe para escapar del mundo, sino para hacer parte de él ¿no te parece?

__Eso está por verse Andrea Juliana, lo discutimos en la próxima sesión… Ya puedes abrir los ojos y levantarte, se nos ha acabado el tiempo. Nos vemos mañana a la misma hora de siempre…