viernes, 30 de noviembre de 2012

Mi amor por lo inutil


Colecciono aretes de plata viudos, laminas de mujeres artdeco, fotos  de mujeres con ropa de hombres. Tengo paquetes de protectores con dragones para cartas de Magic que nunca he jugado, pinceles para caligrafía japonesa sin  conocer el Kanji. Conservo hermosos papeles de origami en mi escritorio  y desconozco el arte de la paciencia del pliegue.



Hallo fascinante la diferencia  entre el uso de un verbo en infinitivo o en primera persona femenina en un verso. Me hace feliz sentarme a tu lado a contarte las diferencias entre la versión de una película en 1984 y la de 1996; quedarme en la mesa de la cocina a oler el ajo con el chile hirviendo mientras sonries; dedicar 5 minutos de mi mañana a elegir el color de mi blusa y  de mis pantalones.

Tengo amor a todas esas cosas inutiles, con las que no cambiaría la vida de nadie, ni compraría mi seguro contra la existencia a plazos.Sin embargo, podría ser mi existencia tan util a lo inutil  que no imagino mi vida sin ellas.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Como hoja de otoño




Cuando llegué tenía una sonrisa que se expandía en mi rostro. Cada día era una mañana soledad como la sensación de la ropa blanca, limpia, siempre planchada, que se equiparaba  con la certeza del mundo como una pradera explayada. Ahora, después de un año aquí, mi sonrisa  se ha desvanecido un poco, quizá por la certeza que la extranjería no depende de un país, sino de la imposibilidad de encontrar en los rostros con los que hablas un rasgo que te permita sentirte propio. No son sólo las palabras, es  el lenguaje que no logra sentirse como un zapato- piel  que se ajusta a los pies. La imposibilidad de trascender, de encontrar la mueca precisa para acceder al corazón del otro.

Como dice Stroszek, en la película de Herzog de 1977 "No es castigo fisico, la cárcel, es la indiferencia, este castigo espiritual de ser extranjero". Yo le añado,  para mi, es  la barrera de estos grandes egos de los scholars que hacen sentir cualquiera claustrofóbico en la mitad de un salón de clase . Ésta imposibilidad de hallar el locus amenus en esos otros que son los colegas, los profesores.Si, profesionalmente egregios, algunos de ellos inalcanzables como seres humanos... pero no por su altura, sino por su mezquindad.

sábado, 26 de marzo de 2011

La mancha silente

Una niña de 17 años obligada por la madre de su novio a tener relaciones sexuales. Baja de la camioneta donde ha sido violada con hilos de sangre que bajan por sus piernas. Nadie la lleva a casa, con las lágrimas de humillación corriendo por su rostro, es obligada a caminar y tomar el bus para llegar a su casa. Las memorias de una joven filósofa que sueña ser psicoanalista, ella de 7 años, intentando evadir a su medio hermano, quien entra a su cuerpo sin permiso durante 10 años. Los recuerdos de tiempos inmemorables de una mujer, que sintió que en una noche de copas, algo había pasado en contra de su voluntad, sin valor para denunciarlo por el oscuro sentimiento de creer que era su culpa.

Cuando pienso en el tema del abuso sexual en general, no pienso solamente en el acto violento de un pene que entra a otra carne sin autorización, o unas manos palpando lo no permitido, sino en la herida que esto deja. No sólo por la mácula cultural de haber sido producto de un acto sin consentimiento, sino porque estos instantes horadan la memoria, dejando la sensación siempre de que aún nuestro cuerpo, tan propio, tan mentado al cuidado tal como lo señala la educación femenina, puede ser ultrajado en cualquier momento. Si se lo ve desde un ángulo descarnado alguien podría decirme que sólo es una penetración que a lo sumo puede durar minutos, entonces ¿cuál es el trauma?. El dolor de éste tipo de cosas más que íntimo, es de índole social, la sensación con el silencio que hemos heredado las mujeres para este tipo de cosas, de que nadie va vengar al ultrajador, por qué siempre, de una manera quizá profunda, queda la vaga sensación que es nuestra culpa. Culpa por tener el cuerpo, por tener el silencio y lo más grave de todo, por mantener la idea de la dignidad, de un honor que no sé francamente si es para nosotras o para cotizarnos en el mercado de una sociedad patriarcal como bienes de alta estima.

Para el violador sólo es un instante, la satisfacción de entrar en un territorio que de entrada le pertenece por la prohibición. El placer de tomar lo que no es suyo; el principio de la envidia en funcionamiento (“se envidia lo que se ve y no se tiene” diría Anibal Lecter en the Silence of the lambs) .Envidia que surge desde esos cuentos que se relatan en la cultura popular como mitológicos. Envidia por la pureza o la inmortalidad. Ya sea por tomar lo que está reservado para los dioses o por las marcas indelebles que quedan en las personas abusadas.

Todos de alguna manera, por el temor y la fascinación de ésta perpetuación de la envidia buscamos hacer catarsis y ahuyentar esos malos espíritus de lo brutal. Ya sea en el cine o la literatura donde las víctimas muestran las marcas del trauma como en un striptease. Termina la función o el libro y todos quedan tranquilos, con la sensación beatífica de que esas cosas tan espantosas sólo pasan en la ficción o en vidas muy lejanas. Entonces, las mujeres se van con la tranquilidad de que eso no pasa en sus hogares y los hombres con la certeza que esto son acciones de seres de naturaleza abyecta. Pocos, son los que admiten que esto puede pasar debajo de su techo; que hay un tío, un primo, un hermano o un buen amigo que envidia el trofeo que se enmarca en la imposibilidad. Lo atroz es que en ocasiones salimos de ese marco circular de lo lejano, cuando escuchamos una llamada telefónica que nos informa que esa víctima ultrajada, torturada y asesinada de la que hablan las noticias el día de hoy, es tu amiga de infancia y su cuerpo era tan real como el frio que te cala los huesos. Entonces, de la misma manera que la mujer abusada siente sus piernas temblar y sangra durante días, comprendes que la violación no es esa escena fuerte en el asiento trasero de un carro que te venden las películas. Es un asesinato que pasa frente a tus narices, es la ruptura de algo profundo en la casa de esa persona que habla contigo y te abraza. Es parte de la cotidianidad que esconde la piel del odio que entreteje en sus vasos.

El abuso es real, las mujeres abusadas están en todas partes. Recuerdo en mis años de pregrado, que alguien me dijo que esa chica que se sentaba detrás de mí había sido violada. Fue la primera vez que me di cuenta que el tema del abuso y las mujeres abusadas no era una leyenda urbana. Siempre había imaginado a esas mujeres como locas histéricas, con personalidades como la de la Profesora de piano o niñas que vivían en la más honda pobreza. No me imaginé, que podían ser como yo, compartir, leer los mismos libros e ir a la universidad. Nunca fui capaz de decirle lo que sabía. Pero ella como muchas otras, era parte de esa tribu mancillada que busca en el olvido el mejor perdón no sé si para los perpetuadores o para ellas mismas.

Con el tiempo, podría decir que por accidente, me he encontrado con otras historias de gente cercana tatuada con el mismo lacre. Lo que más me estremece es que no sean casos raros, sino con el tiempo ya sea por relatos directos o indirectos, he descubierto que es algo común (como nacer o morir), especialmente en el caso de las mujeres.

Los que me conocen me dirán que qué bicho raro me pico aquí para hablar de esas cosas. Probablemente, que siempre pensé que era producto de una práctica cultural específica y que lejos este tipo de situaciones debido a los esfuerzos de las feministas (a veces soy optimista) era algo erradicado. Había comenzado a pensar en esto hace ya varios meses, cuando una amiga filipina me contó que su padre cuando ella tenía 9 años le dijo que si alguna vez algún hombre intentaba abusar de ella, él le daba autorización para matar o matarse en caso de que la deshonra hubiese sido cometida. Esto me estremeció, por el hecho de que la violación –sin que en su caso o el de sus hermanas hubiese sucedido- fuera centro de su educación sentimental y corporal. Entonces me quedó la pregunta ¿los niños también tienen esos fantasmas a la hora de crecer como hombres?¿Todas las niñas del mundo crecemos con la sombra del abuso sexual aunque no nos suceda en carne propia? La noción de que éste tipo de vejaciones son universales me desestabiliza y me duele, por el simple hecho de pensar que la violencia y el mal (si, con toda la concentración maniquea de la palabra) son reales, es decir, son cotidianos y no son sólo parte de las noticias que me niego a leer con frecuencia. Es cómo el día que unos ladrones saquearon mi casa y me encañonaron con un arma. Había cierta atmósfera de irreal en la escena, pensaba en que algo así no me estaba pasando a mí. Pero el arma, la ira del ladrón y las balas que había en esa pistola eran reales (tal como la posibilidad de morir ahí como tanta gente en mi país), así como el resultado del odio que desbarató mi casa en Bogotá hace ya más de un año. Lo mismo me pasa aquí con el tema del abuso sexual. Quizá con la memoria más suelta y recuperándome de la normalización de lo violencia en Colombia, creo que puedo hablar de este tipo de cosas. De la misma manera que me sigo topando con historias que pensé dejar en mis libros o en las calles colombianas, pero están aquí, esas personas son reales, esas personas de una manera u otra con sus relatos me constituyen a mí.



No cierro este texto dando bendiciones por llorar por los otros y sentirme resguardada. Me quedo con la memoria de los abrazos de mis amigas y amigos, con sus procesos de recuperación de esas heridas aunque hayan pasado 10 o 20 años. Lo cierro con esa sensación de que eso también me ha pasado, como parte de un colectivo, a mi.





miércoles, 23 de marzo de 2011

La mejor obra de arte: mis amigos

Es sábado. A diferencia de cuando vivía en Bogotá, no son las 12 del día y el plan no es unir desayuno con almuerzo (Brunch, le dirían por aquí). Tampoco, pasar la resaca después de la clase del viernes o recordar los poemas de la noche anterior. Porque la poesía no es una lista de frases en un papel para hacer bisección, ni la calificación del adjetivo bien colocado. Es la capacidad de asombrarse frente a la vida y sacar de las imágenes que nadie ve por su sencillez, la rareza de la existencia que permite que la vida sea vivible al menos como una aventura y no como un requisito.


Aquí en medio de la crisis y el agotamiento de los libros como saber y saber útil, la pregunta manida de para qué sirve el arte se hace obsesiva, especialmente, cuando después de días de días, escribir se hace una imposibilidad y la sensación de que siempre hay alguien que lo hace mejor que tu o que el mundo es muy grande frente a tus palabras pequeñas, es intimidante y aveces desalentador. El profesor que enfatiza en tu insignificancia, la preocupación por quien ha de pagar en unos años la renta, en fin, esa sensación de la canción de Andres Calamaro, que nadie vive de amor, hace los días asfixiantes en ocasiones. Tal vez en Colombia no hay grandes museos, ni postales de los grandes artistas se encuentran en el café de la vuelta, pero la poesía, esa que permite que sonreír con sentido, es algo tangible con los amigos. Aunque la noche llegue y no tenga más que pensamientos que no hablan de la crisis del Japón, ni de la crisis del subalterno en el siglo XXI, ni los gestos exactos para halagar al poderoso de turno, con mi voz pequeña como un ojal, regreso mi sentido a mis amigos, esos que con un click de Facebook, como voyeur, me dan algo de esperanza para sentir que aunque yo no soy nadie mi voz es algo, porque aunque no pase las pruebas, no reciba premios, no sea aceptada en los congresos, no conozco otra forma de vida que no sea la de la literatura, pero más que eso, la de vivir la vida por la vida misma, como celebración honda y aguda tal como las ofrendas hirientes de la consagración de la primavera de Stravinsky.

Ángela y sus fotos con Andrea: las he espiado desde las fotos de la muestra pública del trabajo de grado hasta las galletas de gayinas y osos que un mortal normal nunca pensaría como parodias de la diversidad sexual en la panadería de un barrio conservador como los Andes (gracioso que el barrio tenga el mismo nombre de la universidad stablishment de Colombia). En esos fragmentos de vida me regresan la fe para no claudicar y pensar que mi propósito debe ser escribir aunque la exigencia me devore aquí. Carlos con sus notas acerca de libros click en blogs y en periódicos, que me traen al extrañamiento de nuevo, ese que si estuviera allá celebraríamos con un cigarrillo y la repetición de las frases hasta que sonarán absurdas con un café negro de sobremesa. Ese humor, ese descolocamiento de lo escrito cuanta falta hace acá donde todo es una prueba para calificación. Oscar a quien, aunque no hemos hablado desde que estoy acá, siempre me traía a los temas de la incoherencia del atavismo colombiano, con esa dosis de absurdo que trae la repetición en un lugar donde ya nadie se percata de ello. Mahecha, Matis… las dos mujeres que han funcionado como mi izquierda y derecha con su inconformismo, no porque no amen la vida, sino porque después de sus tantos años, la madurez las ha hecho más vitales y no se tragan entero el bajar la cabeza para buscar trabajo. Fe sin banderas y como a los que más extraño, siempre me inyectaron altas dosis de humor, aún en los momentos más difíciles cuando la vida tenía carne y las dificultades eran tan materiales que se les podía poner el dedo en la llaga. A mi prima xime y como a todos los que estoy unida, la risa y el café, sin importar si era el caribe o Bogotá.

Aquí no es así. Todo es tan cómodo, que parece que hasta la vida misma se fue a otra parte. Es un constante domingo, donde todos trabajan, tanto, que creo que el rostro se les ha quedado pegado en el teclado y cuando terminan no sabe dónde están ellos mismos y por eso tienen que seguir trabajando de esa manera enferma. La enfermedad de una sociedad rica que día a día pierde los rasgos de extrañeza. Aquí, aparte de los afrodescendientes, nadie ríe a carcajadas. ¿Qué dirá Terry Gilliam en este lugar que no tiene un rincón para las maravillas? Yo no creo en la guacamaya ni en la bala del “parce”, del realismo mágico y la sicaresca, pero el descolocamiento es necesario para sentir que la vida está en el lugar donde uno está parado y no en otra parte.

Extraño también a Liz, con sus laberintos llenos de palabras y de heridas que nos hacían más vitales cuando recordábamos que somos mujeres de la reflexión y sobrevivientes a pesar de vivir con nosotras mismas. A Manu y la hora del rulo que tenemos prácticamente desde la adolescencia y las cábalas acerca del futuro que todavía no dejamos de hacer. Estela y Mauricio, con sus misas, realmente comuniones de la poesía en la Candelaria. La celebración del silencio y la palabra con esa sensación de un mundo nuevo como el resplandor de los astros. Ellos, aunque no vayan a los recitales de los patriarcas, son más poetas que los oficiales y su fervor, aunque no publiquen es la más ardiente llama que todavía me calienta aquí, en este lugar de críticos literarios. Creo que lo que más aburre aquí, es que todos son tan brillantes que pocos son los humanos. Extraño la fe y si es cierto que el saber es el producto del desencanto, preferiría ser una neardenthal antes que una scholar first class.

Obviamente extraño mi papá, a quien en este lugar veo como un hombre muy humano y libertario a diferencia de los personajes que veo aquí. Siento que sería un tipo muy feliz. Él que tiene temperamento para esta vida siempre ha sido él, no yo. Yo, creo que tengo temperamento de dilectante, coleccionista de postales, pero quizá no de eminencia. ¿Qué va ser de mí?

En fin, díganme mis amigos ¿para qué sirven estos textos? En términos contractuales para ni mierda, pero es esto lo que sé escribir. No sé qué más decir. Sólo que ustedes son las mejores obras de arte que conozco.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Para leer con letra despegada: Fragmentos de escritura

¨Los abalorios que nos ha regalado
han fortalecido nuestra propia miseria,
pero como nos sabemos desnudos
el ser se posará en nuestros pasos cruzados.
Y mientras nos pintarrajeaban
para que saltásemos a la urna cineraria
sabíamos que como siempre el viento rizaba las aguas
y unos pasos seguían con fruición nuestra propia miseria¨

Fragmento de Lezama Lima de Pensamientos en el Habana.





Todo en la vida son fragmentos, hasta estar sentada aquí haciendo el esfuerzo de hilar sentencias con los pedazos de mundo que  caen en mis manos. Pienso en la metamorfosis de Ovidio y la consigna del mundo Lezamiano donde todo es una constante transformación. Es decir, lo que se quedo atrás, no es una pieza para conciliar, tampoco es un conflicto. Entonces me veo en la resaca del espejo de la mañana, desprovista de todos mis abalorios, de esos que usaba en mi vida en Bogotá. No solo joyas y pashminas, también imprecaciones y argucias hechas de palabra, pretensiones de ser algo frente a la mirada de los demás. Los demás, esa obligación de día a día para secarse el cabello y procurar bajar de peso, como si mi ayer fuera el de una muñequita intentando demostrar que era real. Y ni siquiera hablo de los Otros, porque eso es una isla en la urgencia de encontrar significado en el aislamiento, hablo de los demás, como esa multitud sin rostros específicos, de la cual tengo noción en los sueños como fierros que llaman desde la profundidad de la libre asociación.


Es distinto con las personas que amo, son mis presencias aún aquí, donde hago mis fiestas cada día en mi piso de astros. Puedo decir que soy feliz, me gusta estar sin el teatro de los demás cada mañana. Pueden juzgarme como mala hija por que no extraño ahora el seno de mi patria, pero creo que mi país es cualquier lugar donde pueda izar la bandera de mi libertad sin condicionales. Soy la huérfana que tiene muchos padres y madres, me adopto constantemente y es ahí donde hallo mi espacio; pertenezco a lo que amo, no a lo que debería amar, que es el otro modismo para la tradición.


El único tiempo posible está en el corazón, en la sien que late, en el círculo de la respiración. El espacio es la pausa entre el impulso vital y el pensamiento. Mi realidad está donde están mi tiempo y mi espacio, lo que sigue es sólo ruido. La miseria es en tanto vivir en la superficie de las cosas, en la distancia de los que nos hace reales.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Voluntad de naufragos


En esa voluntad de abismarnos
Nuestra soledad se hizo palabra

Arturo Carrera.

Todos hablan del encanto de Albar Núñez Cabeza de Vaca, pues es el héroe de las desgracias y la figura del náufrago recompensado con su hallazgo. Pero ¿por que tanta fascinación? Creo que es porque todos, en el mar de nuestras soledades somos náufragos. En la piedad de un cristianismo sin cruces en la mitad de nuestros corazones pedimos ser salvados. Para ser escuchados, mantener la ilusión de que alguien más allá de nuestra piel tiene el poder de rescatarnos, para permitirnos la idea de un fin de las penurias afuera de sí y así absolvernos del peso de nuestras decisiones. Entablamos conversaciones para comprobar que algo de nuestro mundo todavía es una señal en medio de la soledad.

Vivimos con la voluntad de encontrarnos, pero primero que todo de perdernos, para escuchar una y otra vez la historia de la aya del niño que se perdió y fue encontrado después de una espera y el sufrimiento de sus padres. Pecadores sin noción del pecado que se huyen para conservar dentro de si la lámpara de una ventana que no apaga su luz en nuestra espera. Y para que esa luz no se extinga, huimos tan lejos como nos es posible.

Es mejor ser esperado que reconocer que el tiempo, esa consigna vertical que se encuentra en la nervadura de las simples cosas, no conoce de esperas. De ese material están las hechas las personas y nuestras propias razones. Es mejor ser naufrago y aducir que por la ventura se deshicieron los pasos de retorno, que asumir que el material de la vida es efímero. Como los rostros de Hansel y Gretel, como las migas de gente significativa que ya no podemos recordar bien, aunque todavía queden sus nombres en el lenguaje.

Antes de vivir aquí, mi juego favorito era esconderme, tener la sensación que era yo quien no me dejaba ver. Así hallaba libros, cafés, la última acacia en un parque, rincones oscuros en la fiesta de año nuevo, un teléfono celular dejado debajo de un cojín. Yo naufraga en mis pequeñas ceremonias por que necesitaba ser encontrada. Sentirme amada, que es la otra forma del hallazgo, que una palabra me inaugurase y me absolviese de la responsabilidad de mis palabras amarradas con silencios. Como Cabeza de Vaca, después de la aventura, alguien oiría mi historia y sería influyente en el imperio de mis puntos suspensivos. Necesitaba ser encontrada para tener el espejo de mi misma, confirmar en la excusa del que me encontraba mi reflejo, para saber si mi emulación de lo que supuestamente era yo en el entorno estaba siendo bien representada. Ser encontrada- y probablemente a Cabeza de Vaca le sucedió, confirmada-. Unas veces, tuve éxito y algunos enfurecieron o se preocuparon, otras fue un total fracaso, así que termine celebrando los primeros minutos del año nuevo en la oscuridad de un patio trasero. Así que mi pregunta, es ¿existe el naufragio cuando nadie nos encuentra? o simplemente tenemos que asumir que ese o esa es un perdido? ¿Qué la vida continua sin el registro de ese que ya no esta? La empresa de esconderse o naufragar tiene entonces ese precio: asumir que no somos buscados o imprescindibles, así que el mundo sigue y la idea del cristianismo y la modernidad se van al traste, es decir, no hay caminos en torno al rescate, o, la otra opción, es perdernos y no ser parte del registro. Esto último creo que es lo que pasa para mi, lejos de Colombia, tengo que asumir que no soy parte de ese tiempo y no voy a ser rescatada por nadie, así que simplemente ahora soy un yo sin rectificación del disfraz. No hay tristeza, solo que andar no es para irse más lejos, sino simplemente para acompañarse. Una soledad que se hace palabra a razón de no creer en la vanagloria del descubierto. ¡Que alivio!

martes, 24 de agosto de 2010

¿Somos libres en la vigilancia?

Denver Colorado. Estoy mejor hoy que hace unos dias. Mañana viajo al lugar de mi residencia,Pittsburgh, y mientras los dias pasan bajo el sopor del verano, he descubierto que disfruto   de la literatura contemporánea norteamericana  por su soltura y cierto desenfado en el acto de contar lo que se ve y lo que se siente. De igual manera en el fondo de mi maleta he descubierto un libro de Cortazar: Octaedro y debo confesar que aún despúes de tantos años me sigue sorprendiendo, quizá, por que no pierde ese encanto de contar y en cierta forma  de jugar con lo intimo, mientras la historia se transforma en un juguete grande, donde los lectores nos reconocemos, o mejor aún, nos identificamos.

 Pero volvamos al asunto: éste lugar que por lo que todo apunta será mi país de residencia por los próximos 5 años. Para ilustrar lo que he sentido tan sólo baste con una anécdota. Hace una semana, creo, a eso de las 10 de la noche frente  a la puerta de la casa de MG. Como ustedes saben, los fumadores somos una especie perseguida con espacios cada vez más reducidos, por lo tanto, nuestros lugares son las terrazas y los escalones frente a cualquier puerta si tenemos fortuna, asi que esa noche desenvolviendome con mi necesidad casi natural saque mis kool y me senté frente a la puerta de la cocina que da a al calle. Habitualmente el vecindario, con sus prados verdes y sus calles solitarias es tranquilo, más no obstante, siempre esta la sesensación de que alguien observa. Esa noche cuando prendí mi cigarrillo, las luces del vecindario se encendieron, el carro que pasaba por la esquina se detuvo y dejó sus  plenas encendidas. Obviamente, la asustada fuí yo. Crucé la puerta casi sin apagar el cigarrillo. Esa misma sensación de vigilancia constante es la misma que se experimenta en cualquier lugar  del país; hasta podría decir que en lugares abiertos como los parques naturales, donde supuestamente el hombre es libre con la vida salvaje. Aqui, hombres y mujeres a luz son políticamente correctos, pues saben  que en cualquier lugar, ya sea la intersección, el baño,  el restaurante o la acera, hay una cámara observando, aunque no sepamos quien detrás del monitor nos mira.

 Quizá en Colombia, el panótico es tan sólo una teoría que borrosamente puede sentirse en algunos aspectos de la vida cotidiana de ciertas ciudades o plenamente en la web. Aqui, es el sistema regulador del día a día. El temor de la vigilancia y al mismo tiempo la sensación de libertad canalizada, es el combustible humano de sociedades como la norteaméricana. Somos, nos gusté o no, lo más correcto que se puede ser, aunque en las calles se puedan ver escenas de violencia fisica contra las mujeres, te griten por que el telefóno al que acaban de marcar  es equivocado - y lo peor el número es el tuyo- o alguien que simplemente no te conoce sea capaz de insultarte por cruzarte en su camino mientras caminas.

Creo que no es accidente que éste país haya producido escritores como Bradbury  en oposición al diario vivir, la literatura sea un espacio de liberación y reflexión constante (claramente no me refiero aquí a la literatura de supermercado ¿no?), aspecto que es dificil de encontrar en la literatura colombiana. Es extraño pensar que el ojo que todo lo ve, el gran Argos de nuestros dias, pueda crear intersticios donde la flexibilidad y el pensamiento como ejercicio de libertad sean posibles.


En mi país de orígen , las cosas son distintas. El Leviathan parece estar ciego y la única regulación posible es el miedo y el caos de lo externo. Sin embargo, muy adentro de nuestra tradición, ese miedo se transforma en grito mudo de impotencia frente a los muy reducidos espacios de  la libre expresión como una forma de construcción de lo social. Pues ¿de que sirve gritar si nadie te escucha?¿Sí decir en muchas ocasiones lo que se es, lo que se ama, lo que se odia o llanamente lo que se piensa, es una manera de auto marginación, aveces empezando por lo económico?.

Muy probablemente, si estuvierá en Bogotá, podría prender mi cigarrillo y nadie me diría de frente nada. Pero les apuesto lo que quieran, que quizá alguien estaría hablando a mis espaldas o estarían haciendo gestos para que lo apague.  

martes, 20 de julio de 2010

Sopor Aeternus - "ella y su gato" cortometraje japones Inschrift/Epitaph...



 Lo coloco aqui en el blog, quizá por que es una forma de no perder un instante, la fragilidad que se siente en la música y en la historia del cortometraje. Debe ser por mi amor a los gatos.

martes, 13 de julio de 2010

Día a día el sentido, la inmortalidad




Intentemos despejar. Digamos que me llamo Juan o John o Juana, en fin, como quieran llamarme y llevo un trabajo cualquiera como pasear perros, atender una oficina o limpiar una casa. En este momento, estoy tirado en una poltrona azul de cuero imitación, para muchos un insulto a la estética de cualquier casa, para mi todo un tributo a la comodidad, observando cómo los mosquitos dan vueltas alrededor de un bombillo.

Puede ser azar, pero cualquiera de los mosquitos podría ser yo. Toda luz es calor, las mujeres cansadas en la lista de viernes por la noche con su perfume diciendo “hola.. ¿qué tienes para mi hoy?” un tazón de chocolate caliente o “la luz de la palabra de Cristo te salvará”, a la que acuden en ráfagas humanas algunos de mis amigos el sábado al teatro ubicado en alguna zona de la calle 13 para que la soledad sea menos infernal. Pienso también en la luz de una pantalla de cualquier café internet, en la contraseña del messenger, el clic de alguna ventana de algún desconocido que me llama y al cuál saludo sin saber que decir, unos labios, el pico de una botella de cerveza, el aire impersonal de una secadora de manos de baño público. Imagino mil cosas, recuerdo algunas del día que ha pasado y sigo observando con mayor atención los tres o cinco zancudos que dan vueltas alrededor del bombillo. A veces los envidio, ahora que prendo mi cigarrillo y tiro las cenizas en cualquier hueco de la vieja poltrona, pienso que ellos tienen centro, torpes, hasta que alguien como yo los inmortaliza en cualquiera de estas paredes que debe parecer para ellos el infinito.


¿Que será un bombillo para un zancudo? ¿Cuánto tiempo dura el centro para un ser vivo?. Los seres humanos por estadística duramos en promedio unos 75 años si no nos conectan a alguna pared como un celular cualquiera, ¿cuánto dura el centro?¿cuánto dura nuestra necesidad por el centro hasta que distraídos tomamos otros rumbos y algo o alguien nos inmortaliza en nuestro infinito? .Pienso que tengo muchos centros en tanto muchas vidas hasta en un mismo día. Soy el que gira en torno a los deberes hasta las doce del día y luego los labios de alguien me acercan cada vez más hasta que me siento en el útero. A veces el calor de una charla me llama y me siento parte de la tribu, hasta cuando recuerdo que a las 20 horas van dar el especial de U2, entonces quiero llegar rápido a casa y ser parte de ese ojo que me cuenta cosas. Otras veces me levanto creyendo que va a ser mi día, imagino todo lo que puedo conocer, imagino que hay alguien al otro lado observándome pero yo estoy adentro en esa foto y es a mi a quien se le puede preguntar todo tipo de cosas acerca del olor del lugar, a que saben las mañanas, como preparan el ajo o cual es la anécdota que más me gusta relatar.



Entonces, dejo de mirar fijamente el techo y apago el despertador para buscar el centro que se me suele perder cuando me aburro en exceso y vuelvo a caminar en fila como las hormigas.

martes, 6 de julio de 2010

No me compres una olla a presión cuando sea grande: los susurros femeninos en los blogs en la democracia del simulacro de internet

http://es.globalvoicesonline.org/2010/06/29/festival-de-blogs-colombia-la-mujer-en-la-red/



Ayer fui a ver Eclipse, ésta evolución de los cuentos de hadas para adolescentes, donde la gente sigue proclamando lo antinatural de la monogamia eterna y las mujeres con sobrepeso de 13 kilos , no son aptas para conseguir la mirada penetrante de un apuesto hombre lobo o el corazón apasionado de un flemático y bello vampiro …o vampira. En fin, después de 23 años, de pedir ser la bruja en los juegos de te de mi infancia en colegio femenino y dictar la clase de género por tres años, quedo con la impresión que las mujeres siguen siendo prefabricadas con las tecnologías del discurso, que lo único que cambia son las maneras de contar las historias de amor que no son más en muchas ocasiones que dispositivos de control y maneras de dar a cada quien su rol en la cotidianidad. Maneras de definir quién es el que espera o el que habla, quien es el que actúa y el que pide como la víctima, ser rescatado o rescatada.

En pocas palabras, la exclusión de todos aquellos que no son bellos, ni adolescentes, ni especiales para otorgarles el silencio de lo innombrado dentro de los discursos de lo ideal. Pero ¿Qué hay en ese silencio?¿acaso los hombres y mujeres que no son especiales, ni freaks particulares tienen alguna oportunidad en éste lugar donde todos en nombre del simulacro son bellos y saludables?. Para los optimistas, la respuesta sería obvia: ¡claro que si.! El mundo del internet, es un lugar abierto y democrático, ideal para fragmentar la manera de crear el discurso, no hegemónico, multicéntrico, abierto siempre a todo aquello que por siglos desde el dominio de la modernidad, no dio cabida a todo aquello no falocéntrico, masculino y viril, si por ello entendemos la construcción de lo canónico, lo verdadero y lo bello.

Esa búsqueda casi obsesa como quien se limpia las uñas hasta el cansancio de lo sublime que el romanticismo dejó y que los anteojos de la época moderna instauraron hasta más no poder en la divinidad del texto escrito que tanto amamos recitar en las universidades, es lo que supuestamente el internet pondría (para los que creen que todos los días son azules al son del Lilly Allen y no hay que comer carbohidratos por las noches) en entredicho. Así que en ese orden de ideas, lo femenino, o mejor, lo no falocentrico tendría una gran ventaja, en éste territorio de caída del dios de Descartes y los discursos no institucionales tendrían una mayor cabida. Pero si eso es así y el mundo del discurso es abierto como el campo verde de lo indy ¿Por qué sigo viendo en Sony entretainment los caballeros las prefieren brutas o me siguen llegando correos en cadena de bromas con siliconas talla 38 o los extremos de la belleza de las mujeres como una frágil flor que todos los días debes cuidar?.Algo no está bien, y lo que creo que no funciona no es el asunto de que cada vez más hay nuevos espacios para la expresión libre, como es el caso de los blogs o los perfiles, sino por decirlo de alguna manera los códigos de lectura y los mecanismos en que se construye lo que debe ser leído y todo aquello que es basura. Si, es cierto, que cada vez es más frecuente encontrar mujeres en la red, pero alguno de ustedes me puede decir ¿Cuántas mujeres frecuenta leer? Sé que las que más leen hablan de sexo , sexualidad o demás simulacros, sólo vean los blogs de los periódicos, o mis congéneres de 22 años que creen que lo más Cool es Andy Warhol o ser bisexual, o simplemente pensar llegar a los 30 como Barbie exitosa con suficiente tiempo para el gimnasio, claro sin contar, los blogs de amor y desamor, que siempre arrancan más de una palabra en la soledad y más en éste simulacro de esconder secretos en lugares públicos como es un blog.

Pero la estructura sigue intacta, todos y todas aquellas marginadas de lo falocéntrico, que no viven para ser Bella Swan o Jacob, dama y caballero al rescate, continúan sin espacios para ser leídos y al menos escuchados como voces válidas con algo que decir más allá de la cotidianidad y el cansancio del simulacro en una sociedad donde el secreto ha pasado de moda y lo más importante es ser visto. En ese último aspecto si me preguntan acerca de las mujeres, si hemos encontrado una nueva tecnología, otro dispositivo para dejar el miriñaque de la tradición, creo honestamente que no, que todo lo contrario, quizá hemos encontrado por medio de la simulación otra manera de escondernos, de hablar como siempre con susurros en la web y dejar en el mundo donde todos son saludables y populares en internet, nuestra frustración por no ser Rachel Maddow o Lady Gaga, o cualquiera de éstas presentadoras de canal de televisión, con las que las madres promedio colombianas sueñan como modelo para sus hijas de tal manera que cuando sean mayores puedan aún sin vampiro pero sí con promesa de matrimonio eterno sin capitulaciones, ser felices para siempre, para recibir cuando cumplan 40 de día de la madre una olla a presión.

No me quejo de internet, creo que la mayor parte de mi tiempo estoy conectada, pero creo que el asunto no es solo el espacio abierto de lo otro, es también, pensar como esos otros que no están en la vitrina de la buena simulación, son válidos como lecturas posibles más allá de lo freak o lo especial, en que irónicamente lo común- los treces kilos de sobrepeso, el hombre que no supera los 1.70, la mujer que pelea todos los días con su armario- puede ser un lugar seductor en estás épocas de tantos disfraces y exceso de representación.

Mientras empaco mis cajas: mi madre


El Pasado. Habitualmente vivo mis días con la idea de que los muertos están muertos y el territorio de la ausencia no es un lugar propicio para el presente. Eso en cierta forma se lo dejo a Juan Rulfo. Más sin embargo, ahora que empaco mis maletas – la semana anterior embalé la historia institucional de mi cuerpo en el resumen clínico – descubro que algunos muertos nos tocan la cara y nos dejan con el frio de la impotencia en el momento de la partida. En ese sentido me refiero a mi madre. Por 17 años he vivido con la idea de que extrañar un muerto es perder el tiempo de la vida. Así, con rabia y algo de soberbia me las he arreglado para tomar mis decisiones y seguir adelante, siempre con la premisa de que el pasado no ofrece nada para mi.
Ahora, a seis semanas de dejar el país, siento que extraño a mi madre, que la rabia no llena los espacios para un hasta luego o la promesa del regreso por aquello que se queda aquí y no puede ir a ningún lugar. Estoy en ese momento en que creo que mis alegatos a mi tradición- que es casi lo mismo que pelear con Dios para una atea recientemente convertida al agnosticismo- no van a llenar éste espacio vacío en las entrañas.

Creo que después de tantos años de vivir como huérfana, lo único que me quedo de ella es la idea, la vaga sensación de que no todas las noches, ni todos los refriados fueron solitarios. Ya ni siquiera recuerdo su olor. Tengo sombras vagas de su sonrisa y sus ojos pardos, pero ni siquiera con el lenguaje puedo decir como sonaban sus palabras. Mentalmente puedo decir que extraño su tibieza, la leche caliente por las noches mientras terminaba mis tareas, la idea de que siempre hay un puerto de partida y de llegada, no importa cuántas veces se caiga. Pero ahora después de múltiples caídas y saberse tan lejos de lo que alguna vez se señalo para mi vida, ella es ahora como en mi boca el hueco de las cuatro cordales que me extrajeron hace pocos días: sé que no las necesito para morder nada, pero cada vez que paso mi lengua, el hueco está ahí y la molestia se siente hasta que me acostumbre a su falta. Quizá la diferencia es que hay heridas que sanan más prontamente y no se abren , otras como la legendaria herida que el mismo Rey Arturo se propinó, nunca sanan y duelen probablemente hasta el fin de la existencia.


Hoy, a seis semanas de dejar mi casa probablemente para siempre, cuanto quisiera unas palabras que me dieran animo y tiernamente me dolieran por abandonar la plenitud del útero. Más es una ausencia la que me pare y es mi trabajo ahora buscar presencias para construir el presente y el futuro, para tener sentido más allá de las orfandades del que parte sin dejar su madre, o el que abandona a sus amigos, que, como bien sostiene el poeta Jattin son nuestro batallón de ángeles guardianes. Lo único presente a veces para quien decide dejar su pasado.

miércoles, 14 de abril de 2010

Lo que se está llevando la lluvia antes de irme: Literatura colombiana y otras malas enunciaciones


De los días lluviosos donde escribir se hace imperativo para continuar con el día: Por lo pronto hay muchas cosas que hacer como por ejemplo, calificar parciales, preparar clase e ir a traducir papeles, sin contar que hay que ir a solicitar lo más pronto posible el pin para solicitar la visa. Esto es la línea de la rutina. Más sin embargo, en la cotidianidad de ésta ciudad donde nunca se ve el sol me reconozco cansada y decepcionada de personas pero en general de historias que solía tener como sagradas. Para empezar tenemos a la literatura. Paso por un periodo de aridez total, no escribo ni siquiera una coma, después de pugnas de años frente a la tendencia al intimismo que me invade en mi proyecto de escritura, ahora ni siquiera enuncio y no sé que sería aquello que podría desligarme de mi experiencia solipsísta frente a la escritura no como forma de desahogo sino como arte en capacidad de hablar entre la primera persona y el universo. Mi intuición me dice que debo buscar un instrumento preciso en capacidad de ser sensible pero al mismo tiempo elocuente. Tocar pero al mismo tiempo crear. ¿Hasta qué punto esto me está llevando más al camino del ensayo y la crítica? , no lo sé. La otra cosa es que puedo contar, cuál es mi caja de herramientas.
Hablando de otras cosas, ayer en uno de esos días tan propios de Bogotá cuando la lluvia se pega a los jeans y sientes todo absolutamente frio, acepté ir a una tertulia. Creo que hubiese hecho más en mi casa debajo de mis cobijas o sintiendo pasar por intravenosa Marcel Proust –si, esa lectura que un versado en literatura debe hacer alguna vez en su vida, aunque estoy llegando a pensar que como todo lo obligatorio es una lata con polenta, pero bueno, ese es mi punto de vista-. El balance, no fue pésimo sino letal. Por un lado un hombrecito con bigote del Zorro, con tenis verde militar de mala calidad y pantalón de sudadera gris, leyó un cuento suyo de “novela negra”, espantoso simplemente, haciendo honor a la porno miseria de éste país de busetas, balas y una mala selección de futbol. Un manejo del lenguaje absolutamente pobre con nombres que honran los culebrones mexicanos o venezolanos. Lo que más me duele, es pensar es que esa basura la que brilla en los anaqueles de las librerías colombianas. Recordé el dicho de un compañero ahora editor de una importante revista: desconfía de una persona que vista mal y se ufane de escribir bien, pues el gusto es una característica necesaria para quien se dedica al arte. Pero no vayamos lejos, pensé que la poesía podía salvar la tanda. Aquí, los pocos que bien podrían redimir la tanda, hablan de trenes y nieve en éste moridero del tercer mundo. No superamos el anacronismo del poeta Valencia que alguna vez hizo un poema acerca de los camellos sin haber visto alguno en su vida.
Eso sí que me dejó mal parada y bastante decepcionada además. Me gustaría pensar que me voy con una caja de cosas hermosas y que la creación en mi país abre un panorama a la reflexión y a la pregunta de quienes somos, no cómo vástagos de la tradición eurocentrista, sino como interlocutores que no necesitan del exotismo -antes de la papaya y la guacamaya del realismo mágico y ahora de las balas y los sicarios- para abrirse un lugar válido en la enunciación del discurso del mundo. Así que siento que me voy un poco triste, hasta decepcionada de mis antiguos mitos, como si todas las palabras en las que creí aquí se deslieran como un papelito que se lleva la lluvia por las calles de dios sabe quién.

jueves, 30 de julio de 2009

Caminar: el placer del recorrido sin tiempo limite



Caminar es ante todo un ejercicio espiritual. Asumirse en medio de la acera sin rumbo fijo o destino determinado, es darse a la tarea de avanzar sin la necesidad de excusarnos en el otro o su falta. El temor a caminar solos es comprender que nadie ni nada nos espera si no lo deseamos, que no hay mayor dolor y a la vez mayor regocijo que pertenecerse aunque sea por unos instantes, recordando que no hay mayor peso que la libertad y la responsabilidad intrínseca que poseemos sobre nuestros pasos. Caminar es entregarse al tiempo –tomando el tiempo como movimiento- y al silencio, al difícil oficio de afrontarse en medio de la soledad del caminante. Debe ser por eso que algunos nunca se atreven a caminar solos aunque sea unos minutos. Nos han entregado bajo el pretexto del recorrido seguro con un lugar de partida y uno de llegada, el engaño de que la certeza es un bien, cuando a fin de cuentas es una manera de condenarnos para vivir siempre temerosos intentando conservar algo que en verdad no nos pertenece. Nos entregan la promesa de controlar el tiempo cuando la arena que nos ha sido confiada engañosamente se desvanece en nuestras angustiosas manos. Como si el agua se pudiese contener.

Nos han entregado la angustia de estar vivos, de medir y tazar el movimiento cuando llanamente pertenecemos a él. Como si pudiésemos calcular cada calle, cada paso, cada destino, cuando en verdad lo único certero es la muerte, lo ineludible...el recorrido que nunca podremos calcular o conocer, simplemente por que está entre nosotros. La única manera de calcular el recorrido sinceramente es suicidarse. El más desesperado de todos los intentos por ser inmortal, o sea, predecible.

Cuando se camina sin ninguna pretensión por llegar o abordar, terminas por descubrir que en cada caminante hay un viajero innato, alguien urgido por conocer todas esas tierras necesarias a las que no se puede llegar por medio de la palabra o con el otro, donde la única premisa necesaria para amar es extrañar, donde el silencio es el único y real espacio para estar.

En ocasiones los que nos quieren, creen que el mejor camino debe estar enmarcado entre pequeños puntos para ritual con pasos ya establecidos entre inicio y llegada para un pronto y sano regreso que nos garantice la seguridad de sentirnos queridos y protegidos, cuando en el fondo lo único que nos otorgan es el gran temor de perdernos entre su confianza, de seguir mal los pasos y no encontrarlos. Nos dan la condena de hacer lo imposible para no perderlos, cuando en el fondo somos nosotros quienes nos perdemos en nuestra angustia por tenerlos siempre, caminando concéntricamente hasta caer exhaustos en el suelo sin sentido.

Los rituales no se construyen desde agotadoras presencias. Para gozar hay que extrañar, hay que dar espacio para que el viajante tome rumbo a otras tierras y sepa el valor de su patria o de su pertenencia. Lo duradero y calculado nunca ha sido sello para la dicha. A quien camina debe dársele el derecho de reconocer con su corazón el lugar de su pertenencia curiosamente siempre razón del recorrido. Pues para que viajar si no tienes a donde regresar, si no hay alguien a quien puedas colmar con relatos y obsequios que sólo tienen sentido cuando se te otorga el privilegio de amar y abrazar. Necesitas alguien que te pueda esperar aún con toda tu soledad y esa necesidad siempre presente de recorrer otras tierras para colmar al otro con el mundo que pudiste aprehender.

Todo caminante es un viajero con un punto cada vez más anhelado de regreso, si fuese de manera contraría sería un errante, alguien condenado o un convicto que necesita huir en la mayoría de las ocasiones de sí. Caminar sólo necesita la condición de verse a sí mismo, de escucharse e irónicamente desde el movimiento, permitirse la condición de pertenecer a otros más allá de la evasión o el miedo. Consumirse en la fugacidad del trayecto eso es todo, como suele ser la vida sin medida alguna.

martes, 19 de mayo de 2009

Con los ojos cerrados




“…hay en todos los seres humanos una secreta, personal vida –intocada, protegida-arrancada a la vida en común y de la cual la vida pública es enemiga…”
Cecil Collins

No, tú no te encierras – no nos encerramos- lo que sucede es que estamos ávidos por ser reales en un mundo que en apariencia no lo es, y lo peor de todo, que en ocasiones nos pide que tampoco nosotros lo seamos.
No es que queramos cerrar los ojos ante la realidad que nos circunda, todo lo contrario, es que con los ojos cerrados en la mitad de la supuesta oscuridad todo se ve mejor. Por dentro se es más cercano a la transparencia de las cosas. Por eso es que se confía se besa y se abraza con los ojos cerrados.

viernes, 9 de mayo de 2008

El escritor sin rostro

La famosa y celebre presión de la hoja en blanco. Como es habitual, después de meses de ni siguiera intentarlo, me pregunto qué me puedo decir. Es relativamente fácil para quien está afuera dar instrucciones de cómo hacerlo o que contar (el oficio del escritor es…, las grandes obras están en la corrección… escribir consiste en, etc). Por el momento me limito a decir que hace frio o que hay una paloma a mi lado, que el café que me acabo de tomar está delicioso, mientras escucho charlas, todas difusas, de los estudiantes probables que están a mi lado.

Mi padre, a quien a veces odio, a veces quiero, me dice que en este lapso como docente universitaria, he adquirido herramientas para aprender a escribir. La pregunta que sigue, es acerca de qué voy a escribir y su vez la interrogante por el tiempo en el que pueda de manera directa afirmarme como escritora antes que el agotamiento y la tristeza- pan de cada día en los medios de literatura- terminen tomando su lugar como en infinidad de vidas e historias, donde la escritura queda relegada a ser un “lindo” recuerdo o el sueño fallido de juventud a raíz del agotamiento o el fracaso frente a la tarea de identificación social como escritor.
He afirmado durante años que escribir es un acto de terquedad, no obstante, considero que más que terquedad la escritura puede perfilarse en ocasiones como una vocación hacía lo inútil ¿Por qué lo digo? Aparte de la vieja sentencia de Kant del arte y su belleza desde su poca utilidad, la literatura en relación con la productividad y la identidad social, es una tarea problemática, pues para aquel que la carga puede ser en comparación a un entorno donde todos son lo que muestran o el dinero que llevan desde su oficio, una propensión a no tener rostro propio. La carencia de identidad, de no poder ser explicado frente al mundo desde un producto, es la tortura a la que se encuentran supeditados miles de escritores que no hayan la manera de ser y de hacer parte de manera armoniosa del mundo. Para muchos escribir es decir, pero quizá lo que menos se enuncia es que en muchas ocasiones el acto de escribir es también callar y es precisamente en ese silencio donde la tarea se vuelve problemática y difícil de asumir, más, cuando nos referimos a un oficio desde la utilidad social.

Ser escritor tradicionalmente, más en el caso de las sociedades latinoamericanas, se haya directamente relacionado con el estatus y la visibilidad social, en tanto, esta función le es conferida a quienes aparecen en la prensa o las revistas, pero ¿Qué sucede con aquellos que siguen de una manera u otra la vocación pero ya sea por su edad o la falta de ubicación, no son publicados o visibilizados de la manera tradicional? Desde ésta última posición, pues es de aquella de la cuál puedo dar fe, la escritura puede verse como una esperanza –exorcizar la vida intima en un papel para continuar - o un pacto hacia la muerte social, mas cuando las salidas frente al gran público se ven lejanas y el escribir es un imperativo que continua gobernando la vida aun cuando nadie te lee.

Y es precisamente este último asunto que como escritora no comercial, sin rostro aparente, me sorprende más todavía y es cómo todos aquellos que escriben y en cierta forma los hermana la esperanza de ser parte alguna vez del diálogo con los lectores, en Colombia no se leen entre ellos, sabiendo que en cierta forma la opción de escribir es entablar un diálogo con ese otro que está fuera de los límites de la identidad personal. Paradójicamente creo que la poca fe que se tiene en la voz propia o el temor a que ese otro extraño niegue el esfuerzo de la creación personal, es lo que nos empuja a negar al otro que escribe, acallando el temor de ser juzgados como seres vacíos frente a un mundo lleno de significados que nadie atiende de forma total. Me preocupa, como escritora y lectora, la imposibilidad latente en el medio de los amantes y amados por la literatura en nuestro país de crear redes humanas en las cuales la identidad colectiva como escritores sea una afirmación sin dobleces a partir del acto de la lectura y escucha del otro, aún más allá del canon, las recomendaciones bibliográficas o el monopolio de las grandes editoriales.

Estoy convencida que la única forma de permitir y permitirse la existencia como creadores y lectores es romper el silencio y el tabú de la desconfianza frente a todo aquel que no soy yo, como remedio a esta particular forma de impunidad en los medio no comerciales de la literatura, donde el rostro del que escribe parece no ser algo real en un espacio donde todos quieren ser leídos y reconocidos como almas que tienen algo que decir, más sin embargo, pecan por no tener ojos para el otro que quiere ser leído, dando como resultado un medio en incapacidad para conectarse con el mundo y dar un rostro a los que están en él.

Finalmente la inutilidad social a la que se refería el filósofo alemán, es solo una cuestión de época y la literatura aunque no sea para las galas mediáticas, tiene un rostro y una sed de identidad sólo posible desde la conciencia colectiva respecto al significado de la escritura como tarea y estilo de vida, o, parafraseando a Heidergger, como puesta por obra de la verdad de un tiempo histórico, que abarca no sólo a aquel con mayor visibilidad social sino a todos los que anhelan ese encuentro fortuito entre el que llega cazando parte de sus fantasmas y su vida en un texto como bien puede ser el lector y aquel que consigna sus certezas y preguntas en unas líneas como es el caso del escritor.

Así, que aparte de la tarea de preguntarse acerca de que se va escribir, la literatura a fin de cuentas es una apuesta por adquirir un rostro marcado por un tiempo y ante todo una colectividad en capacidad de reconocer las fortalezas y falencias de todos aquellos que pugnan por un algo que decir que se considera valioso, pero ante todo por la acción y el convencimiento de un determinado grupo humano que anhela signar su existencia a nivel social desde la palabra.
Ahora mientras espero que el agua amaine, me quedo con la pregunta acerca de la escritura y si en verdad el quehacer académico no es una tangente sino una herramienta de ayuda para la literatura, mientras intento ganarme la vida con lo que mejor sé hacer y es utilizar la palabra y sus derivados. Sé que hay otras obligaciones, sé que la vida transcurre y los deberes son directamente proporcionales a la edad. Aunque antes de abandonar éste Juan Valdez, me pregunto frente a la biblioteca, cuantos como yo, con sus trajes de estudiantes, el maletín de cuero cargado de parciales y libros hasta el cansancio, abrigan la esperanza de ser publicados u oídos alguna vez, pero ante todo de ser vistos y reconocidos por los otros sin que necesariamente sean alabados por la crítica o los eruditos de la literatura como seres humanos con algo que pide ser leído, para bien o para mal, por el otro que esta fuera de la esfera de nuestra subjetividad: simplemente escritores con una identidad, un nombre, un rostro.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Miércoles 15 de enero: algunas preguntas en el diván de la psicoanalista

__…En el sueño de hoy está la imagen de los libros, de un cuarto oscuro donde la niña se refugiaba, según lo que dice aquí, en medio del olor del papel amarillo y los lomos de cuero… cuéntame acerca de la infancia y esa relación con los libros, con la literatura en general en tu vida… por favor quítate los anteojos, suelta las piernas y cierra los ojos…

__Bueno, mi relación respecto a la literatura es absolutamente al revés. Los libros en mi vida han sido como la línea del destino: me han cruzado la mano de un estribo al otro sin la posibilidad de decir que empecé a tal edad o tal otra. Siempre estuve rodeada de libros, mi contacto con la literatura se remonta a los primeros años de la infancia. Creo que primero aprendí a identificar los libros por su olor y textura, que a jugar a las escondidas o a la “lleva”. Digo que es una relación al revés porque terminé metida entre Homero, Heródoto, la poesía del siglo de oro español y los rusos –lecturas de “gente grande”- desde muy niña, guiada por la curiosidad, ya que como hija única alérgica a casi todo, los libros fueron mis amigos y mis primero cómplices y en nombre del aburrimiento me imbuí en ellos sin saber en qué me metía. Debo confesar que conocí la literatura para “adultos” porque no había nada que hacer antes de la serie José Miel que daban a las cinco de la tarde en el canal 7, aparte de escuchar con mi empleada la radionovela Calimán…

__Pero has mencionado que al revés ¿Por qué? ¿De dónde sale esa expresión?

__Ah… por que terminé leyendo y descubriendo cosas aparentemente fuera de su tiempo. Los libros y en especial la literatura son como la vida: sólo estamos preparados para nombrar y asumir ciertas palabras en cierto tiempo, en cierto espacio, y, aunque haya otros que nos las repitan y nos la entreguen hasta el cansancio, sólo podemos comprender su sentido hasta que el instante justo de la experiencia nos la revela. En mi caso, conocí primero las palabras y después su contenido por los giros de la vida. Así como en la infancia leía los llamados “clásicos”, en la pubertad me embelesé con los filósofos existencialistas- al punto que me declaré atea a los once, ahora me rió pues estoy convencida que si hay un Dios- y aunque no me creas conocí la literatura fantástica y parte del legado de la literatura infantil en la adolescencia, sin contar lo que descubrí en la universidad. Es gracioso, si no hubiera sido por ese recorrido, la literatura no me hubiese salvado la vida, no me hubiese entregado el sentido suficiente para continuar cuando aparentemente no había esperanza. Las palabras que no comprendí cuando niña, en la adolescencia, periodo tórrido por la muerte de mi madre, me concedieron la posibilidad de estar viva y comprender que cuando nos sujetamos a ellas, así como pueden llegar a ser cuchillos, tienen el poder de ser un abrazo, un beso y hasta un lazo para llegar al otro y sentir con él. Esa es la razón de mi primera incursión con la palabra lejos de mí para llegar a los otros –por decirlo de alguna manera- en el colegio.

__¿Qué fue lo que sucedió en el colegio? ¿Por qué dices con orgullo –lo detecto en tu voz- que fue tu primera incursión? ¿Qué fue lo que sucedió?


__Para ese entonces- debería tener unos trece años- era una típica niña problema que lo único que sabía hacer era dibujar, escuchar música y leer. Los profesores al ver que me gustaban los libros, me entusiasmaron para que escribiera no sólo diarios- manía propia de mi introversión- sino poesía. Empecé y me gusto la idea, pues, así podía canalizar, exteriorizar lo que sentía sin problemas y agresividad hacía los demás. A los catorce, empecé con los concursos de poesía intercolegiados y los recitales, encontrando en la escritura una manera de hablar con los demás y en cierta forma de conocer lo que sentían otras personas por medio de la literatura. Me gustó tanto la idea que con el apoyo de la profesora de castellano ya en noveno, funde el grupo de poesía del colegio: Polimnia. Aunque al principio la idea sonaba descabellada, ya que los versos en apariencia no convocan a nadie, con el pasar del tiempo el grupo congregó a cientos de niñas tanto de primaria como de bachillerato, que encontraban en la literatura otra forma de expresar la inconformidad ante el molde de las mujeres “perfectas e integrales”, un espacio donde aunque sea en lo que se leía o se escribía, había una posibilidad de ser “persona” sin estereotipos o marcas del deber casi obligatorio de ser mujer como superficialidad o sensibilidad enfocada a la pareja o el futuro proyecto de hogar ja-ja –ja. Creo que yo también le debo la opción de haber escogido otra vida, de plantearme una manera otra de ser mujer sin la necesidad de marcar el formulario de las “exigencias sociales” a la literatura…

__Aquí, hay algo que no comprendo –tu me corregirás- si sabías que lo que te hacía “libre” era la literatura, como opción de vida, ¿cómo fue eso de estudiar ciencia política en la Nacional? ¿Cómo conciliaste con la literatura aún tomando el camino de la politología?

__ No es tan fácil decirse en la cara que tu pasión te puede matar de hambre- cuando uno sale del colegio sale con más incertidumbres que certezas y en ese estado debe decidir para donde va a coger- así que presa algo del pánico, pero por otra parte con la promesa de cumplir mi sueño de escribir, me fui a la universidad Nacional, la cual consideraba como el portal de las artes en el país. Sabía que allá podía estudia la carrera y por debajo de cuerdas tomar asignaturas de la carrera de literatura o las electivas de artes. Y así lo hice por dos o tres años, hasta que sentí que debía tomar una decisión entre el vestir de traje y estar detrás del político de turno o realmente tomar la escritura como un camino de vida. En medio del “shock”, me retiré un año y en Cali publique mi primer libro de poemas: Laberíntica. Por cosas del destino termine lanzándolo en la 13° feria del libro de Bogotá y gracias a él tuve mi primer contacto con la crítica. Debo confesar que no fue fácil, especialmente cuando vi en los medios impresos la opinión de los otros con respecto a lo que sentía y era. Entender que eso que publiqué ya no era mío sino de los que me leían fue difícil. Comprender que en cierta forma tenía otro rostro que hacía aparición en los recitales o las lecturas formales cuando respondía las preguntas del público no un fue asunto agradable, hasta el punto que tuve en ese periodo una alta propensión al aislamiento, sin contar la angustia de pensar en el ojo de los críticos, en el terror de la desaprobación, que persiguió los cinco años de elaboración del segundo libro comprometido por la alta oportunidad que me dio el departamento de literatura de la universidad para publicar en su colección de viernes de poesía el Panóptico(pabellón para tercos y fantasmas) en el 2005.
De ahí entendí que aparte de ser una pasión, la literatura es el ejercicio obstinado de la perseverancia en contra del miedo de la desaprobación; un oficio, en tanto, la sumatoria del trabajo y la paciencia, esta última difícil de comprender especialmente cuando se siente que no hay nada que escribir, o peor aún, que lo que está escrito en borradores te puede más, aún sobre el tiempo y la voluntad.

__Actualmente, ya visto con los ojos de hoy ¿Cuál es tu relación con la literatura? ¿Qué pasó con la niña del cuarto lleno de libros?

__Mucho más reconciliada. Por decirlo así “arreglé” mi camino. Después de la ciencia política me fui a hacer maestría en literatura en la javeriana- donde soy actualmente docente- y tuve la oportunidad de graduarme con tesis laureada y grado Magna Cum Laude. Ahora no peleo tanto con la literatura, amo lo que hago y aspiro a poder llevar mi pasión hasta los bordes del proyecto de vida. No creo que se escriba para morir, tal como la tradición del simbolismo y el romanticismo tardío reza, sino para vivir- esa es la única rebelión que nos queda- especialmente en Colombia, donde la dignidad de la vida, no parecen estar de moda. La escritura no puede ser una excusa para negarse a la vida, sino una manera de mirar y sentir con los hombres y mujeres que nos rodean. Ahora me demoro más, especialmente ahora que me dio por la narrativa, pero siento que debo permitir que el tiempo de las cosas llegue, para hacer de los textos no una razón para el encierro sino una clave para ser parte del mundo y aunque suene metafísico, del universo. Creo que la niña de los libros sigue ahí, pero la diferencia es que ya no lee o escribe para escapar del mundo, sino para hacer parte de él ¿no te parece?

__Eso está por verse Andrea Juliana, lo discutimos en la próxima sesión… Ya puedes abrir los ojos y levantarte, se nos ha acabado el tiempo. Nos vemos mañana a la misma hora de siempre…

domingo, 30 de diciembre de 2007

Sólo sus armas velan




“duerme el guerrero
sólo sus arman velan…”
Álvaro Mutis

Con frecuencia pienso en los guerreros espartanos; en su separación forzosa del hogar a la tierna edad donde el universo es la madre, para afrontar sin piedad los duros padecimientos del lapo y la disciplina y así rendir tributo con su valor y entereza a la milenaria estirpe de guerreros de su patria. Pienso también en los campos abiertos llenos de fango e incertidumbre donde el joven todavía sin grebas aprendía la utilidad del brazo, la lanza y la rudimentaria espada, para saber que su orfandad había sido compensada por el valor y el sueño de servir en la edad adulta a Esparta. Imagino el puño, la sangre como un arroyo sobre la cetrina piel de los que aprenden que el hogar está en la mente del que sabe a dónde pertenece. Espartanos, guerreros fundidos desde el rigor de la mirada al horizonte en el cenit, aparte de su patria su única pertenencia es la intemperancia.


A la hora del alba, cuando suena el cuerno de la batalla, recuerdo a los guerreros que con respeto hacía alusión Heródoto. En el momento de rendir culto a los ancestros y a los caprichosos dioses que definirían el destino de los hombres hermanados por la lucha y la sed de supervivencia aún en las circunstancias más adversas, sólo el mirar más allá de los campos infestados por la muerte y la sangre del amigo o del desconocido, era el talismán para mantenerse en pie y conservar el coraje aún sobre el dolor físico o la incertidumbre de la vida que se va entre las manos. En la batalla- milenaria estirpe de los guerreros sin dadivas- no hay espacio para el miedo, sólo un paso adelante sobre el caballo arisco y la ardiente espada sobre las cabezas de los que interfieren en el camino de estar vivo con el honor sobre los hombros.

Rendir respetos al final del día a los que se han ido y cruzan ahora con monedas en los ojos el rio de Leteo, al igual que la honra a los propios que nos aguardan en sus deseos, es de lo poco que queda de los espartanos, a los cuales yo rindo tributo en mis pensamientos, cuando me dispongo cada día, cada mañana a seguir con mis armas y mi honor sobre los hombros, aunque mi historia y mi nombre hayan sido mancillados por los que no son capaces de verme directamente a los ojos.

Ahora por la noche, en una noche cualquiera cuando regreso sola a mi hogar entre las luces de los semáforos y los ruidos de los automóviles, después de haber visto la enfermedad recorrer el cuerpo grave de mi padre, el rostro tallado de la persona que amo con sinceridad y respeto por su amistad y el profundo agradecimiento de haberme dado el talismán de la pertenencia a quien me abraza sin esperar una moneda por su acto, recuerdo a los espartanos como la larga metáfora que me ha acompañado por años y me ha permitido estar viva aún en medio de las ganas de desfallecer y la confusión de la ofensa y el desagravio.

….pienso en los espartanos, los recreo en mi memoria como si fuesen un recuerdo vivo de lo que honro con vehemencia para no caer en la oquedad hasta cuando escribo. Mascullo la imágen como la oración de los creyentes para no olvidar que pertenezco a los que amo y de manera digna me aman. Es lo único que me queda, es el símil de todo lo que me mantiene.



jueves, 6 de diciembre de 2007

Cuando no habia nadie para abrazarnos

No había muchas ganas para levantarse por las mañanas, los ojos estaban empañados por el vaho del inicio. No se esperaba nada, el espacio parecía transformarse en la materia de días donde no se espera el abrazo de nadie. Las palabras de los otros invisibles para los oídos conducían a donde nadie nos escucha, no había nadie, solo este dolor de estar vivo de nuevo, en un lugar donde ya nadie quiere limpiar la casa o revisar que las prendas para cazar están colgadas lejos de la vista de las visitas para no delatar la real naturaleza. NO había nada, nunca lo hubo, eso lo sabía cualquier ilusionista. Hasta sin espacio nos dejaron para colgar los quejidos que sirven de cuerda para lanzarnos al lado de la esperanza que se maquilla de venganza. Y ahora lo único que queda son estas mañanas largas que no se acaban con la luz, esta necesidad de pensar en los domingos soleados para pedir que las nubes se levanten para lanzar una viga y estrangularse en ellas. Estas ganas de no cerrar los ojos y no pedir hallar soles negros. No hay alguien ya para compartirlos, solo queda entonces aferrarse de nuevo a la palabra.

martes, 27 de noviembre de 2007

Con los ojos cerrados




“…hay en todos los seres humanos una secreta, personal vida –intocada, protegida- arrancada a la vida en común y de la cual la vida pública es enemiga…”
Cecil Collins

No, tú no te encierras – no nos encerramos- lo que sucede es que estamos ávidos por ser reales en un mundo que en apariencia no lo es, y lo peor de todo, que en ocasiones nos pide que tampoco nosotros lo seamos.
No es que queramos cerrar los ojos ante la realidad que nos circunda, todo lo contrario, es que con los ojos cerrados en la mitad de la supuesta oscuridad todo se ve mejor. Por dentro se es más cercano a la transparencia de las cosas. Por eso es que se confía se besa y se abraza con los ojos cerrados.

PD: si les gustan los poemas

Hey un dato menos serio que la poesía y quizá más práctico: si les gustan los poemas y quieren más (por que creánme, hay más)los libros se consiguen en: Bogotá, Laberintica en la librería Lerner del centro y El Panóptico en la Libreria de la universidad Nacional...